El invierno de 2008 quedó marcado por un caso espeluznante: la masacre de Campana. Una familia entera, integrada por Marcelo Mansilla, su esposa Sandra Rabago, y sus hijos AgustÃn y Milagros, de 12 y 8 años respectivamente, fue brutalmente asesinada por una supuesta venganza que dejó a todos sin palabras.
Todo empezó el 24 de julio de ese año. Ese fue el dÃa que los Mansilla desaparecieron repentinamente y el misterio fue llenando su ausencia hasta que recién después de casi una semana, el 29 de julio, aparecieron los cuerpos del matrimonio en un descampado cerca del rÃo Luján.
De repente quedó claro que la familia no se habÃa ido por voluntad propia. Tampoco habÃa sufrido ningún accidente trágico. HabÃan sido vÃctimas de un secuestro y durante el tiempo que estuvieron cautivos, Marcelo y Sandra fueron torturados.
El hombre, de 41 años, habÃa sido asesinado a mazazos y tenÃa las manos y los pies atados. A ella, de 37, también la habÃan golpeado con saña, pero además la apuñalaron. Un doble crimen que parecÃa encerrar un mensaje, y dejaba abierta la puerta a un drama mayor: dónde estaban los hijos.
“Queremos a las criaturasâ€
“Los padres están muertos, ya no hay nada que hacerâ€, decÃa quebrada en llanto a TN una tÃa de AgustÃn y Milagros. Y agregó: “Queremos a las criaturas ahora. Por favor. Y Justiciaâ€. Pero la angustia y la incertidumbre no iban a disiparse tan rápido.
Mientras tanto, el testimonio de varios vecinos que aseguraron haber visto el auto de los Mansilla en la puerta de otra casa del barrio Frino orientó la investigación hacia la familia que allà vivÃa, que no solo eran vecinos de las vÃctimas, sino que también mantenÃan con ellos una relación de amistad desde la década del ‘90.
En esa casa, además, y no era este un detalle menor, cumplÃa prisión domiciliaria en una causa por homicidio, Ãngel Fernández, quien se convirtió entonces en el primer y principal sospechoso de lo ocurrido con las vÃctimas.
La policÃa detuvo a Fernández, pero fue su hijo, Cristian, quien terminó por confesar ante la policÃa que los hijos de Mansilla y Rabago estaban muertos y aportó datos para que los investigadores pudieran encontrar sus cuerpos.
Drogados y asesinados a mazazos
Ya era el 2 de agosto de 2008, cuando finalmente los encontraron tirados en el desagüe de la ruta, a unos 6 kilómetros del lugar en donde dÃas atrás aparecieron los cuerpos de sus padres, y el horror se completó.
Los dos chicos habÃan sido drogados y golpeados salvajemente hasta su muerte. Como si fuera poco, sus cuerpos estaban atados por las piernas, con trapos en las bocas, y una piedra sujetada a los pies.
La polémica por la tobillera
La familia masacrada decantó en tan solo un par de certezas y demasiadas dudas. Entre estas últimas quedó el enigma de la tobillera electrónica con la que supuestamente controlaban que Ãngel Fernández cumpliera la prisión domiciliaria.
¿HabrÃa podido el sospechoso sacarse la tobillera sin romperla y colocársela a otra persona para simular su presencia o participó del cuádruple crimen sin moverse de su casa? Entre crÃticas y cuestionamientos y la urgencia por explicar aquello para lo que todavÃa no tenÃan respuestas, las pericias dieron marcha y contramarcha sin arrojar un resultado claro.
No obstante, habÃa elementos suficientes para ordenar la detención de Ãngel Antonio Fernández en la causa por el cuádruple crimen de Campana y también para entender que no habÃa actuado solo.
Cuatro sospechosos para una venganza
Tras la confesión del hijo de Ãngel Fernández, gracias a la cual se encontraron los cuerpos de los hijos del matrimonio Mansilla, su esposa, Stella Maris Cáceres, cayó en una suerte de efecto dominó y se convirtió en la tercera sospechosa en la causa.
Es que todos vivÃan bajo el mismo techo, en la misma casa donde las cuatro vÃctimas estuvieron secuestradas hasta que alguien decidió matarlas. Era difÃcil pensar, casi imposible, que la mujer ignorara lo que allà ocurrÃa.
El caso ya tenÃa tres sospechosos, pero todavÃa estaba en la búsqueda de un posible móvil detrás de tanto espanto. La primera hipótesis que surgió, tal vez la más firme, fue la de una venganza.
En esa lÃnea de investigación, se decÃa que Ãngel Fernández era conocido por robar en el barrio y que Sandra Rabago, la esposa de Mansilla y una de las vÃctimas, habÃa declarado en su contra en un juicio anterior.
Después, esa versión dio un paso más y sugirió que Rabago habÃa complicado a Fernández en esa causa para cubrirse ella, ya que era su cómplice. Hasta se barajó la hipótesis de una relación extramatrimonial entre la mujer y el principal acusado de la masacre.
“Sé que habÃa una amistad entre ellos, pero nadie habló de amenazas, sé que ella habÃa atestiguado por un robo, no sé si los acusó, pero reconozco que habÃa una amistad y ellos se ayudaban entre sÃâ€, expresó en aquel momento Beatriz Rabago, hermana de la mujer asesinada, en diálogo con los medios.
Lo cierto es que ninguna teorÃa superó la mera especulación y el móvil de los asesinatos todavÃa hoy no se conoce con certeza.
En cambio, la investigación sumó un cuarto sospechoso: Daniel DarÃo “Sordo†Vera, el socio de Fernández.
Todos condenados
El caso llegó a juicio en 2011. Entonces, el Tribunal Oral en lo Criminal de Zárate-Campana condenó a Ãngel Antonio Fernández; su hijo, Cristian David Fernández; y su socio, Daniel DarÃo “Sordo†Vera a la pena de prisión perpetua por “homicidios calificados por el concurso premeditado de dos o más personas con alevosÃaâ€.
Stella Maris Cáceres también fue hallada culpable de los homicidios y condenada a la pena máxima, aunque en su caso no se le atribuyó participación en la privación ilegal de la libertad de los Mansilla.
En 2018, la Suprema Corte bonaerense confirmó las condenas de los cuatro y puso fin a uno de los casos más impactantes de las últimas décadas.
Aún asÃ, el móvil de la masacre continúa siendo un interrogante. Un secreto oculto.